No conozco su nombre, por lo que prefiero llamarle "el desconocido", aunque paradójicamente lo conozco más que a cualquiera del pueblo. Él es adicto a ese tipo de nostalgia que te revuelve y entretiene los sesos, es como si estuviera esperando que suceda una explosión en cada uno de los poros del recorrido de su cuerpo, y su alma fluyera, su alma eterna clavada en algún lugar de su cuerpo. Te podría decir que si tirara un tarro de pintura en una pared, y ésta se esparciera, se provocaría un caos que aún así mantiene un lenguaje, forma y color, y si esa pared fuese su cuerpo, él levantaría su dedo señalando a la mar provocando un estremecimiento de las aguas, salpicando la pintura, nostalgia y alma a los diez vientos.
El desconocido camina y el mar lo mira con desdén, los carroñeros pájaros grises saborean su boca mientras él derrama sus pies por la acera, porque sinceramente no pareciera que él caminara, sino que se derramara en cada paraje en el que decide pasar. Esparce en cada paso un poco de su alma, nostalgia, anhelos despiadados y algunas incomprendidas ocurrencias que sólo podrían contenerse en él, en sus ojos, sus cabellos, sus manos y pies.
Un día como hoy, fui a buscar al desconocido. ¡Buen sol, buen día!, grité y refunfuñé un buen rato. Cuando decidió saludar, por primera vez noté en su rostro una expresión que nunca antes había visto, no era enojo ni felicidad, tranquilidad ni nerviosismo. No sabría como decirlo, era una mueca singular que al no saber identificarla, me provocaba cierta confusión. Me apresuré a relatarle un suceso ocurrido el día de ayer, a lo que él me extendió un vaso de agua. Y mientras estábamos sentados en una mesa circular antigua, el desconocido guardaba un silencio fúnebre, empujando a que hablara, aunque después de soltar todo lo que se había anidado en mi, por un minuto pensé que quizás sólo quería que guardara silencio y no explotara.
Sentí vergüenza y después de despedirme de su manera singular, me fui y escapé de aquella presión emocional que yo mismo había provocado.
Después de ese encuentro que tuve con aquel hombre, me tomó un tiempo hasta ahora comprender quién era él. Su nombre era Roberto, tenía 59 años, vestía ropa de la cual no había nada que alabar, usaba zapatos corrientes y tenía algunas ideas extravagantes acerca de la vida, de las personas y de la muerte. Creía en la justicia, no sabría decir si humana o inhumana, pero que de alguna forma todo se cobraba o se pagaba, se vivía o se moría, se agredía o se dejaba transgredir.
No sabía quién eran sus padres ni tampoco si tenía familiares sanguíneos. Luego de analizarlo durante todos esos años en que lo veía derramarse por el suelo por aquí, por allá, por el muelle, por el bazar, pude deducir algunas cosas. Intenté locamente comprenderlo, entenderlo, ser su amigo, o simplemente conversar a ratos, pero nunca hubo nada más que un silencio bordeando lo trivial o un paseo mirando cualquier cosa aburrida.
Roberto era un bastardo de éste siglo, ultrajado, manipulado y agonizado. Roberto era un bastardo de éste siglo y sinceramente me demoré varios años en comprender que aquél desconocido era yo.